Desempolvan
extraño hallazgo de tres momias en casona colonial de Guaduas
Los
tres cuerpos vestidos de monjes, encadenados, fueron descubiertos hace 18
años en una habitación oculta de la vivienda, junto a la iglesia.
El párroco de entonces amenazó con excomulgar a los testigos si hablaban.
Esta es la historia.
Con martillo y cincel, los hermanos Eduardo y Luis Carlos Céspedes comenzaron a abrir un boquete en la pared de la vieja casona, que habían alquilado para montar una hostería, contigua a la Iglesia de San Miguel Arcángel, frente al parque principal de Guaduas.
Lo que había al otro lado, de esa falsa pared de la edificación, que no estaba en los planos antiguos hechos a mano, no los había dejado dormir y decidieron poner fin al misterio con sus propias manos.
Pensaron que se trataba de una 'guaca' y soñaron con encontrar morocotas de oro.
Alimentaron esa posibilidad con el hecho de que la vivienda, construida en 1760, había sido casa cural bajo el ministerio de Pablo Ignacio Ramón Quintero, y luego fue propiedad del Barón Gury du Rosland, ministro de Francia ante la Nueva Granada, quien la engalanó con finos muebles europeos y costosas obras de arte.
Su imaginación los llevó también a creer que detrás de ese muro, que sonaba a hueco, los virreyes que pasaron por esta tierra cundinamarquesa pudieron haber abandonado algo, o, en últimas, creían que podía ser una caleta de armas de las tropas del libertador Simón de Bolívar.
Todas esas lucubraciones se diluyeron cuando la luz del sol comenzó a penetrar en el cuarto, del que ninguno de sus dueños anteriores se había percatado.
Atados con cadenas
Poco a poco fueron quedando al descubierto tres momias sin cabezas. Dudaron en entrar, pero pudo más la curiosidad que el miedo.
Los cuerpos estaban vestidos con sotanas con capuchas y sentados en una banca de madera.
Sus pies estaban sujetados por grilletes y estos estaban unidos por una cadena a una argolla de hierro ubicada a la altura de los cuellos.
Cuando se acercaron más descubrieron que las cabezas habían caído en sus respectivas cavidades toráxicas. Así que decidieron sacarlas y colocarlas en sus puestos con la ayuda de un palo de escoba que partieron en tres pedazos.
Uno de los esqueletos, el de la derecha, estaba completamente negro, como si hubiera sido quemado con anterioridad.
El del centro tenía una prominente cabellera blanca, al igual que su chivera, pero le hacía falta su mano derecha.
El de la izquierda estaba completo, pero su pose era desafiante y altanera.
La excomunión
"Fue un descubrimiento macabro. Por un instante nos transportamos a la época de la inquisición.
Creemos que los dos esqueletos de los costados eran mujeres y que hubo alguna relación pecaminosa entre los tres, a los ojos de la Iglesia, que los condujo a esa muerte tan atroz", recuerda Luis Carlos Céspedes, 18 años después de este suceso.
Cuenta que ese día sólo alcanzaron a tomar una fotografía cuando de repente apareció en la escena el párroco Mateo Britti, de la comunidad de los Misioneros de la Consolata, que había sido advertido del hallazgo por un empleado de la hostería.
Al ver qué se trataba, presumiblemente, de monjes, ordenó no tocar nada.
Dijo que si alguien daba aviso de ese descubrimiento lo podía excomulgar porque se trataba de un asunto que solo le competían a la iglesia católica.
Al día siguiente el sacerdote madrugó y se llevó los restos con la disculpa de que iba a darles "cristiana sepultura".
Todo este tiempo, por temor a que el padre cumpliera su promesa, los hermanos guardaron silencio, pero este año, apareció la foto que había quedado olvidada en un baúl de los recuerdos.
Sigue el misterio
Luis Carlos Céspedes piensa que la única forma de dilucidar este misterio es contándolo, para encontrar las pistas de las momias, pues en su cabeza todavía rondan muchas preguntas:
¿Quiénes eran esas personas?
¿Por qué los encerraron en ese cuarto?
¿Hace cuánto ocurrió eso?
El rastro parece perdido, pues el padre Mateo murió, a los 60 años, en Bogotá el 25 de noviembre de 1990, cuando se desempeñaba como capellán de la iglesia La Madre de las Misiones, en el barrio Modelia.
Y parece que se llevó el secreto a la tumba.
Sus superiores en Colombia dijeron que nunca Mateo reportó nada parecido y se mostraron extrañados por el posible descubrimiento.
Otros tres sacerdotes italianos que trabajaron con él en Guaduas dijeron que no sabían de lo ocurrido.
La secretaria de la iglesia que acompañó al padre Mateo en Guaduas, Inés Billaraga, también falleció hace un par de años.
En Guaduas, a excepción de los Céspedes, nadie más sabe del episodio, pues la otra persona que participó en el descubrimiento era un paisa que trabajaba en la hostería y que hace muchos años se fue de la región.
María Barrera, que fue propietaria de la casona durante 37 años, no conoció la historia, pero reconoció que con el padre Mateo tuvo algunos roces cuando trató de hacerle pequeñas modificaciones a la casa.
"Una vez llegué y encontré a los trabajadores parados. Me dijeron que el padre había venido para impedir los trabajos en un viejo pasillo que una vez comunicó a la Iglesia con la casa".
La vieja hostería, como otras casas de este pueblo donde nació la prócer Policarpa Salavarrieta, siempre ha estado rodeada de leyendas.
"Se rumoraba de que había una guaca. Una vez vino un señor de La Dorada con unos equipos especiales y no encontró sino dos candados viejos", dijo Barrera.
Por eso los hermanos Céspedes están empeñados en excarvar en los recuerdos, pues no quieren que esta historia se quede resumida en una foto.